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lunes, 4 de mayo de 2015

Piedra del Sur

Mi última obra "Piedra del Sur" se puede ver en MarVick,
c/San Vicente Ferrer, 54.
Sta. Cruz de Tenerife


Subo también el díptico donde están todos los datos de la exposición así como el texto de Antonio Puente.



lunes, 6 de octubre de 2014

sábado, 15 de diciembre de 2012

TEXTO DE JUAN CARLOS DE SANCHO SOBRE MI SERIE "LOS BARRANCOS"

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ANDRES DELGADO
Isla Barranco

Juan Carlos de Sancho






Hemos perdido infinitud. El espacio  que mediaba entre la naturaleza  y el ser humano lo ocupó el Arte en otros siglos. Paisajes desolados, sublimes o cósmicos, con gente o sin gente realzaban las emociones contradictorias de los ciudadanos. Los pintores románticos mediaban entre las supuestas creaciones divinas y el hombre. Lo finito se transformaba en infinito gracias a la nueva  perspectiva del dibujo y la paleta de colores.  Aún no se conocían los viajes siderales pero había ganas de escalar la montaña metafísica. El romanticismo era una inflexión vitalista.

En estos tiempos sometidos y tristes hay mucha Naturaleza que permanece intacta. Los pueblos originarios encuentran en ella los mensajes incólumes de sus antepasados, la sabiduría que no cesa, la permanencia de lo eterno. Andrés Delgado es un pintor originario de una isla de grandes montañas y profundos barrancos. Esos lugares de su memoria han regresado para dibujar en el lienzo el barranco, una palabra intocable que suena a piedras que ruedan y chocan, ecos ilocalizables, alguna que otra pérdida, un excursionista que transita por el tiempo, la fugacidad. En la isla el barranco es una angostura por donde viaja el silbo aborigen y los seres imaginarios que viajan bajo tierra. En la cultura nativa canaria ese viaje al infinito era un círculo de la vida y la muerte, la mañana, la oscuridad y el eterno retorno. El barranco en V sabe de esos viajes relámpagos: abajo lo incierto y  mientras se abre la montaña alcanza la nube que se deshace.

Me gusta que los cuadros me inviten a estos viajes de elipsis y meteoros. Estoy cansado de ser un espectador realista y aburrido. Prefiero saltar dentro del cuadro y  darme el placer de disfrutar de una excursión cósmica, protegido entre grandes paredes volcánicas, en ese lugar donde los insectos y los seres invisibles enmarañan o confiscan un plan secreto e inalcanzable. Estamos en una época agotada de éxitos vaporosos y el barranco nos invita a disfrutar de esta renovable inutilidad.

Andrés Delgado pinta barrancos en Madrid, lleva la isla a su estudio , la pone en trípode, la desgaja, la abre en cauces, atraviesa la nube, la gira en hondonadas inciertas, desaloja al ser de su prisión de cemento y lo conduce al otro lugar que se merece, pongamos por nombre el infinito. Novalis nos aconsejaba romantizar el mundo, abrir la perspectiva hacia posicionamientos perdurables. Atravieso estos barrancos, los oscuros y verdosos laberintos  de Delgado que me conducen al blanco y al azul-añil: quiero el contraste y la pérdida, la emoción que me resta el mundo real. Necesito perderme, olvidar esta  época previsible  y  escaparme a otro tiempo donde lo esencial sea una simple uve donde flota un pintor visionario. Necesito descontrolar la escritura, embarrancarme con Delgado en un texto apócrifo, en sus barrancos delirantes.

Por el barranco transcurre la bruma y el misterio, vaga un tinerfeño romántico harto de predictibilidad. No me importa si existe esta palabra en el Diccionario Barranquero . La encontré desmantelada en un barranco de Andrés Delgado, en un hangar a la salida de Madrid en plena Crisis mundial, cuando los pobres se morían de asco y los ricos de náuseas bursátiles. En un barranco se puede encontrar cualquier cosa, la Literatura en estado de shock pongamos por caso, Garachico revelando volcanes, una papa negra con un chicharro azul, incluso un happening de lo setenta, la sala Conca en la Laguna ardiendo, hierbas de todos los colores, Andrés paseando con Juan Hernández y Manolo Millares  por el filo de una navaja disfrazados de bomberos , la navaja que corta el barranco y el barranco mismo que  abre el cuadro hacia el otro lugar que imaginó desde esta parte el Delgado que preparó en la cazuela un rabo de toro para convencer a Caspar Friederich  que expusiera en Tres en Suma . Cuando un pintor se atreve a pintar barrancos esta rajando el cuadro, abriendo surcos, despavoriendo al crítico. Hay un trasfondo submarino, de gruta aborigen, de pérdida incluso, de excursión con final incierto, de una barranquera con lluvias copiosas y subtropicales.

El isleño Andrés Delgado es un barranco, lo mires por donde lo mires él es un barranco. Abre su lienzo para que pasemos los guijarros, las acequias, las escorrentías, los elfos, los enanos , los duendes de la Gomera, los cernícalos de Lomo Magullo, los nubarrones malvas de Anaga, las montañas- elefante de la Pared en la isla de Fuerteventura, el pirata Drake, las burbujas volcánicas, la abismos pétreos de Unamuno, la tempestad petrificada, los cuervos de Poe, los pájaros de Hitchcock, los suicidas aborígenes del Bentayga , las cabras y sus baifitos, el baifito cuántico, el adulto que busca al niño en el fondo de su hondonada. Lo que da un barranco.



Venga usted a comprobarlo por si mismo y atrévase a entrar por arriba con la nube que une los abismos o por abajo, por el verde de la umbría , por la parte oscura si así lo desea. Siempre al otro lado se encontrará usted con una isla, con Andrés Delgado. ¿ No se ha dado cuenta cómo abre siempre la puerta de su casa en  La Latina?. La abre en V, la deja siempre entreabierta. Al fondo del pasillo la cocina es un barranco. El salón que da a la calle se habilita para el Arte y en la pared de la derecha hay libros hasta en el techo. Son las laderas literarias del barranco, confíe en lo que está viendo y no se llame a engaño. Es un pintor isleño, por tanto un barranco, siempre será un barranco: adivine usted si es de día  o de noche , si es un barranco continental o insular. Sospeche bien, el Arte es una pasión: hay quienes opinan que se han abierto pocos cauces para vaticinar este nuevo romanticismo.

Cada cierto tiempo doy un repaso a mis influencias, esos momentos memorables que marcaron el rumbo de mis sucesos internos. Siempre me gustó la expresión viva, el movimiento, la Naturaleza. Nada es antiguo ya que de lo contrario las pirámides de Egipto  serían una ruina y pese al Tiempo siguen ahí , donde siempre han estado, realzando la quimera. Andrés Delgado es un nuevo romántico. O siempre lo fue: un artista no puede evitar su fado. El pintor insular mantiene sus trazos , sus bajadas impetuosas con el pincel, los colores puros que suben y bajan poseídos  por un sentimiento metafísico e inaprensible, una lejana cercanía digamos, una cercana lejanía que reaparece. Un viaje de retorno a la isla, probablemente en el Madrid del extrarradio, bajo el humo chispeante de un principio de siglo empobrecido por tanta pereza y abandono. Un desarraigo y al mismo tiempo un cauce. Un barranco en la vaguada y  chispas que saltan del granito,  islas de luz en la Metrópolis.
Ya va siendo hora de la disolución del individuo en el todo cósmico, la recuperación del artista individualista, perdido allá en el fondo del barranco, el artista harto de estar harto que ya se cansó y volvió a su centro universal, novelesco, fuera de época, mandando al carajo a tanto testaferro atormentado. El artista insular se revela romántico, escala sus colores básicos, no necesita más que cuatro o cinco, un negro espectacular, un blanco, matices de verdes en fuga, verdes delgados, ocasos de azules, amaneceres en la cumbre, nubes que no son nubes y que también son islas flotantes. Y  Andrés situándose al otro lado del barranco, en el lugar del espectador, como un asistente más, disimulando lo que sabe, escondiendo la sabiduría, ocultando la dificultad de la ingenuidad.

Me gusta lo que hace Andrés Delgado porque no es presuntuoso, es casi oriental, ukiyo-e. Menos por menos es más, chicharrero para más señas: mantiene la isla en el fondo del barranco, la isla que aparece y desaparece. Insisto es un nuevo romántico. Nadie como él para invitar a la suma. Colores esenciales, negro de cuervo, detrás la otra isla, trazos, pliegues de color para acabar con el susto de la altura, rebelión contra la estupidez  barroca, donde se fragmenta la isla y se deja ver la otra. Curioso inicio de siglo y eso que los mayas avisan que esto se acaba en un par de días. Pero no se va a acabar nunca  porque Andrés Delgado no quiere cerrar la tela. Pase, atraviese el cuadro. Le estamos esperando al otro lado. Se ha arrugado el tiempo y lo comeremos con mojo picón. Atraviese los barrancos que necesite y siéntase invitado a la fiesta. No se olvide que es al otro lado y no busque más la salida. Ya está usted en el barranco.

                                    Islas Canarias, a unos kilómetros del Barranco del Cernícalo / Dic 2012   









lunes, 14 de mayo de 2012

Texto de Alejandro Tarantino Aréchega para el catálogo de la Exposición "desde la orilla"

Andrés Delgado.
La isla del Timeo.

 
“Posteriormente, tras un violento terremoto y un diluvio extraordinario, en un día y una noche terribles, la clase guerrera vuestra se hundió toda a la vez bajo la tierra y la isla de Atlántida desapareció de la misma manera, hundiéndose en el mar.”


Activo, en aquietado silencio, procurando el aislamiento necesario del paseante estético, buscando palabras cuya elevación atrape lo que sabemos irreductible, traicionamos la memoria del lugar de Andrés Delgado; y enfrentados a una abstracción trascendental en la que se adivina la atomización de una pintura que fue total pero difuminada, al modo en que los paisajistas comenzaron a abandonar el Romanticismo por una luz diferente, de calidad literaria sobre el tamiz de William Turner, y hoy sería incomprensible a los educados ojos de los inconclusos: esos buscadores del placer que aman el anonimato y la sombra de la sabiduría, al sentir de los últimos hijos escépticos de Pirrón de Elis, que sobreviven, sobrevive con ellos Andrés Delgado, a los embates de la verdad, en una elipsis del estrépito de la alabanza que atraviesa su pintura, una suspensión de todo juicio sobre lo cognoscible, que reposa en una composición plástica del ejercicio de la indiferencia, de una pintura que anhela, quiere, no vivir de creencias; porque ya nada puede ser total o aspirar a un sentido figurado: si todo es alegoría o metáfora, la contemplación del pintor, si es sujeto de un tiempo presente, será fragmento de una totalidad mítica que jamás fue constituida sino como simulacro o aderezo del absolutismo y su afán de dominio. Por eso, el mar, que sostiene los límites de su obra, es una rebelión, no es una obra romántica, de espectadores arrobados ante la evidencia; pinta un mar que en un día engulló la Atlántida y dejó náufragos en el olvido de las mareas, pinta lo que desaparecerá: la memoria emocional de un territorio literario, de puro lirismo ascético, sobria plasticidad de lo que recuerda como litoral y tierra media y pendiente hacia la cumbre y acantilada vicisitud del que nunca podrá regresar a la isla perdida; porque Andrés Delgado pinta un mar que devorará las islas que lo hacen visible, porque lentamente los litorales de su resistencia, que evidencian la contradicción de la permanencia libertaria, serán fondo de océano, historia pictórica de la lucha fraterna por un espacio que encuentre, en la realidad, la destilada forma de un lugar común, que hemos extraviado si no destruido ante nuestros ojos atónitos, con representaciones complacientes y traidoramente amables, con el pensamiento de un arte ensimismado en la post-ilustración inexistente, concreto y falaz hasta la náusea, de una ideologización ahistoricista y bellaca que se niega, por espurias razones de socialización, a la sensibilidad como fuente de conocimiento, a la expresión autónoma de lo empírico, al fin, a la soledad que nos constituye, y que en la obra de Andrés delgado se hace tan patente como que hay un océano de mares en los que naufragamos los ausentes en sus lienzos, anónimos como los polizones, porque nadie nos vio al borde de esos mares, como si los cuadros, surgidos de un cromatismo sincero, fuesen las ventanas imaginarias de la sentina.

La isla, en medio de lo imaginario, es el cruce de las rutas y derrotas de una diáspora que dura desde siempre, el paisaje común de los relatos que comparten desconocidos entre sí, viajeros de ciudadanías perdidas, los hijos del atrevimiento expresionista, pero sin el sentimiento trágico de la muerte; la isla surge en una fascinación epicúrea por la atmósfera precisa en la que se desea habitar, el jardín de la imperturbabilidad.

No busca lo sublime abstracto kantiano de la Crítica del Juicio, como pudiera hacerlo Mark Rothko o la geometría de lo indecible de Barnett Newman, sino un finito sublime lo suficientemente elocuente como para superar los horizontes irrebasables de Caspar David Friedrich, un acontecimiento de la experiencia que no aquilata ya, de ninguna manera, la herencia de los románticos: ese sublime afectado por la admiración de la bestia divina, germen de totalidad, tan lejano del expresionismo. Porque no existe, sino en la abstracción, el objeto de la representación, ese lugar que Lacan identifica con lo más elevado de lo dado y que queda destilado como bello, su presentarse en la discordia de los sentimientos, que Andrés Delgado hace surgir de los trazos encontrados, confrontados, en un territorio de búsqueda donde se transfiere a otro aquello tan extraño que sólo se recuerda haber aprehendido, contradictoriamente, en lo hermoso de la densidad material de la naturaleza sin nosotros. Quizá el camino de la abstracción expresionista sea la aspiración a dejar sola, tras nosotros, de nuevo, la Naturaleza, sea permitirnos un sentimiento de soledad y confusión, de última frontera, como haber rebasado las columnas de Heracles, de estar más allá de los confines heráclidas y saber que ningún amanecer traerá la visión de la costa, cuando allende es un absoluto impracticable, un ideal atlántico que sólo pueden sostener los dioses. En este sentido, Andrés Delgado no es un idealista, y su expresionismo relativo, cercano a las masas de color de Clyfford Stills, indaga en el conflicto de lo nouménico la cosa en sí de una crítica de las ilusiones trascendentales, una crítica de la facultad de la indiferencia hacia ellas –no hay yo, ni mundo, no hay dios- que lo circunscriba a lo humano, a una pintura de lo humano sin humanos, a una república de las artes sin verdad histórica, una terra incognita nada literal, nada terrestre, un paisaje sin figura que exige al elidido monje junto al mar para pensar la soledad contemporánea.

Todos los sentidos en el cónclave de la visión, la reflexión suspendida y olvidando dogmas, vaciando los lugares atávicos en los que la sensación se hace real, y permitir la impresión de una emoción que se traza como idea intuitiva, como el impulso vital de Bergson, para encontrar la matérica forma de volúmenes que son planos y geometría de la tierra, de colores texturizados que se hacen verticales, abisales, de líneas que precipitan perspectivas paisajísticas que encarnarán cuerpos asolados de ausentes, que esperan el oleaginoso aroma del salitre y los restos atlantes de un no lugar deseado. Él pinta la reconstrucción de una voz que los marinos avistaron por las amuras del tiempo, desde las cofas celestes, en la brega de la quietud nocturna; pinta la luz matinal de los alisios, los inmensos frontispicios blancos de las nubes que guardan su memoria, isla que no encontrará atravesando la calima del griego: Ατλαντiς νησος, ya no existe.

Andrés Delgado se enfrenta a la fenomenología de los litorales, donde lo que es dado, ya pretérito, intuye las coordenadas geográficas de la Atlántida: 27º 37’ y 29º 25’ de latitud norte y 13º 20’ y 18º 10’ de longitud oeste; o quizá, el lugar sin seres de la abstracción, sea la narración premonitoria de una erupción de la alegría, contra la distopía de unas pendientes isleñas que entran en el mar sin perspectiva, una topografía de la Atlántida que emerge en restos de la descripción de los diálogos platónicos, de lo que escuchó Solón a sacerdotes de Heliópolis, para reconstruir la memoria de la tierra antes del inmenso océano, el verde de las Azores, la materia democrática de lo que simplemente es ante nuestros ojos, la luz de Madeira, el oleaje del inmenso azul. Andrés Delgado pinta la latitud del color, la longitud de la forma, de lo que hace posible su experiencia: una isla imaginaria expuesta a la luz, y a la óptica galileana que no finge la fiel representación de lo que no está, salvo en la memoria poseída de masas de materia atlántica: geografías de precipicios salinos, espumas de rompientes que hacen exacta la línea en cuyo interior el trazo ejerce como forma de la tiranía de la experiencia, cóncavas líneas de arena que describen la desaparición. Restos, como un testimonio ocasional, de pecios, que a modo de cantos rodados serán arena orgánica, aparecen en lienzos de un blanco encrespado, limítrofe, ribereño, espuma de sal en la verticalidad real del mar.

Hay mar, hay personas, desvanecido, desvanecidas, omisión que responde a la pintura de lo que ya no existe, salvo en los primeros recuerdos de la inocencia y en la ingenuidad realista de las primeras representaciones. Nunca, lo que no está, fue tan evidente al color seco y salvaje de los verdes y negros, del blanco que presagia un azul breve y definitivo, de ocres y rojos testimoniales y, a veces, como una insospechada ola del tiempo cíclico, el mar irrumpe sobre los amarillos y abate, también sobre los sienas y fugaces glaucos, azules sin horizonte, es decir, sin heredad.

Alejandro Tarantino Aréchega
Miembro de Tres en Suma

Texto de Sabas Martín para el catálogo de la Exposición "desde la orilla"

Para llegar al mar



Para llegar al mar es preciso sentir el peso de las huellas de la tierra. Para que la tierra gravite y pese, debe abrazar el aire y el vaho de sus luces difusas. Para que la mano que pinta recree el paisaje y, así, inaugure un mundo nuevo que a sí mismo se baste y se cumpla en la suma del color, los planos, las formas y volúmenes, las veladuras, manchas y transparencias, todo lo que es, al cabo, lenguaje propio de la pintura, el impulso que mueve la mano tiene que interpretar el asombro original de la mirada, el latido que alimenta el pulso de la sangre, los recuerdos que anidan en la memoria. Solo de esa forma el paisaje que se plasma en el cuadro es auténtico y verdadero, no mera imitación o copia estéril de lo que, como un rastro muerto, permanece quieto en las pupilas. Solo así el paisaje visto, simplemente contemplado, trasciende la reproducción mimética y se convierte en algo más; algo que puede ser imaginado, presentido o evocado, y que se hace cierto, originariamente concreto, incluso desde el adentro de los ojos cerrados. Quizás sea esa, la mirada interior, la mejor de las visiones posibles para un creador. También la más arriesgada.
 
En uno de sus versos, Lezama Lima dejó escrito que “el ojo y el mar se abren en círculos concéntricos”. La pintura de Andrés Delgado es como ese ojo y ese mar lezamianos que avanzan y se expanden en círculos que se van englobando mutua y recíprocamente, que se acumulan y propagan sin olvidar nunca el punto de partida, esa piedra primera lanzada al centro de las aguas. ¿Y cuál es esa piedra, ese centro inaugural, ese motivo primero que caracteriza e identifica la obra más reciente de Andrés Delgado? Ciertamente, el paisaje. Pero no un paisaje cualquiera, sino el paisaje insular: el que nos marca y señala de forma indeleble; el que, aún sin ser asumido deliberadamente, configura una manera de sentir, o lo que es lo mismo, de ser y estar en el mundo.

Isleño de cepa y raíz, aunque trasplantado a latitudes madrileñas, Andrés Delgado vuelve una y otra vez a la geografía que fue y que sigue siendo suya desde la infancia. Una geografía que el artista evoca desde la distancia, quizás como una forma de saberse aún vivo y pleno en ella pese a la lejanía. Y ese paisaje que Delgado plasma en sus cuadros surge desde la contemplación interior, despojándola de añadidos anecdóticos o folklóricos, para trascenderlo y esencializarlo con la pátina que envuelve y sustenta lo mítico o lo simbólico. Es, como digo, el mirar con los ojos cerrados, un mirar hacia adentro, hacia los vestigios que guarda la memoria, para hacer presente lo que es vívida remembranza. No es nuevo este fenómeno. Es un procedimiento habitual entre tantos creadores canarios que, de grado o a la fuerza, han dejado atrás las fronteras isleñas. El legado cultural de nuestra historia está lleno de ejemplos que lo ratifican

He dicho “esencialización” y creo que es la mejor palabra para asumir las propuestas expresadas por nuestro artista en su trabajo plástico. De todo ello di cuenta en la presentación de su serie Donde habita el paisaje (2007), y también, aunque desde otra perspectiva, en la muestra y el libro Una isla imposible (Anroart, Las Palmas de Gran Canaria, 2010) fruto de la colaboración entre el pintor y el poeta Luis Antonio González Pérez. Sobre ello insistió asimismo Federico Castro Morales al ocuparse de la exposición de Delgado titulada Paisajes transitados en el recuerdo (2010). La distancia, el alejamiento, se convierten para nuestro pintor en un estímulo creativo acuciante y necesario para acceder, diría que inevitablemente, a la síntesis precisa en todo proceso artístico, a la decantación de elementos espurios para dejar que el cuadro se impregne de lo fundamental, de lo definitorio, de lo permanente, y que su obra brote desde la emoción sensorial de las imágenes evocadas, aquellas por donde ocurren o se acumulan los recuerdos. Lo que una vez fue inmediatez ante los ojos, ahora ya es huella trascendida. Es recreación de lo que guardan la memoria y los sentidos. Es íntima visión hecha arte a la par que original interpretación existencial.

En su propuesta de esencialización creadora Andrés Delgado ha reducido la geografía isleña a tres elementos compositivos primordiales: bosque, montaña y mar, por lo general acompañados de la captación del espacio aéreo en que se insertan; esto es: esos ingrávidos y difuminados climas o atmósferas invisibles que el pintor sabe dotar de la densidad corpórea de brumas, vahos y calimas para hacerlos tangibles ante la mirada. Y, dicho esto, inmediatamente hay que señalar que esa simplificación de motivos constructores está cuajada de matices y gradaciones, de sutiles o potentes enriquecimientos añadidos en los que asistimos a la multiplicación de las tensiones emocionales y a la pluralidad estética que apuntala el color y sus espejos reverberantes, tantas veces dispuestos sobre el lienzo a base de trazos ásperos, contundentes, matéricos: impulsos de brochazos poderosos. No podía ser de otra manera. En Andrés Delgado la abstracción y la economía de motivos argumentales se resuelven con la máxima eficacia expresiva. En ella confluyen la complejidad y la diversificación en pos de una sugerente y poderosa capacidad seductora.

En esta nueva exposición que nos presenta Andrés Delgado hay, ciertamente, un predominio del mar y de lo marino inscrito en un paisaje cuajado de rompientes y abismamientos salinos, de indeterminadas lindes arenosas o roqueñas, de planicies y verticalidades asediadas por el azul hondo, profundo, añilísimo, y en donde, como un hallazgo inesperado, a veces brota un trazo de la memoria vegetal musgosa del verde o los vestigios sangrantemente rojizos del magma que una vez fue lengua de lava encendida. Todo ello, haciendo uso de una variada gama cromática, llena de sutilezas y de potentes manchas y empastaduras, donde conviven armónicamente negros, blancos, ocres, sienas, glaucos, garzos azules… Ese universo que es la Isla hecha tacto de color, yuxtaposición de planos y volúmenes, acumulación lineal de escarpes, simas, bajíos y rocallas, se acoge en cuadros de gran formato para que en ellos quepa asimismo la desmesura de ese paisaje que rescata la evocación de la mirada interior y que desemboca en el mar. Porque para llegar al mar, recordémoslo, hay que transitar las huellas de la tierra y la tierra debe sentir la gravidez del aire, sus atmósferas cambiantes de luz herida o vivificada. Y esto, en lo que vemos, se cumple y, en su cumplimiento, sobrecoge.

Porque en estos cuadros hay, sí, una fortísima impregnación lírica, una poética y rotunda textura que inunda la visión de quien los contempla. Es la constatación, diríase que hipnótica, de la naturaleza que nos excede y sobrepasa nuestra condición de seres finitos, vulnerables y vulnerados por el tiempo. Y quizás de esa constatación surge la descripción pictórica de los límites de la soledad. Digo soledad, no desolación. Y añado: no es lo mismo ausencia que vacío. Soledad es la ausencia que muestra el espejo cuando ningún otro rostro refleja el rostro que se asoma al cristal. Desolación es el vacío que tras de sí deja el espejo consumido por el óxido de la herrumbre y los escombros del deterioro. Aquí no hay deterioro, degradación, ruinas vencidas, sino germinación mantenida. No hay vacío, sino plenitud. El espejo que son los lienzos de Andrés Delgado está pleno de fecundas fermentaciones, por más que en él despunte la medida de la soledad. Si miramos y vemos, la presencia humana, en verdad, está omitida: solo el mar y sus anclajes de tierra y aire, sin ninguna silueta, perfil o bulto que delate rastros de vida humana latente. Solo el mar arraigando entre los confines de suelo y cielo en que se sueña la Isla. Como si el pintor no quisiera que la forma humana degradase la belleza desmedida y dominante de la naturaleza, su esencial categoría, el tamaño inabarcable de su inmensidad. No existe, pues, voluntad de exactitud geográfica, ni deseo de calcar la precisión de la mirada exterior. Existe la sugerencia y la emoción que manan de la invocación íntima de lo vivido: eso que en la distancia y la lejanía alienta secretamente en los pliegues del recuerdo y en la palpitación antigua de lo que antaño fue contemplación y ahora es artística, esencializada, recreación. Existe la certeza de ser en soledad, desbordado el pintor, desbordados los espectadores, por aquello que los ojos, abiertos o cerrados, evocan del paisaje isleño abocado hacia el mar. Pudiera decirse que la del pintor es la única presencia, el único calor que brota desde su mirada y desde su mano expandiendo las formas de su imaginario isleño hecho universo pictórico. Es una presencia oculta en la orilla, elidida, intangible pero cierta. Es un hálito que no se ve, pero que se hace presente en lo que representa.

La honda y rotunda impregnación lírica de estas obras de Andrés Delgado potencia el sustrato mítico y simbólico de su original insulario. Es la Isla recreada, surgida en su raíz de una concreta rememoración, pero es, al mismo tiempo, “algo más”: es cualquier isla o todas las islas, posibles o imposibles, a la vez. Es la misteriosa ambigüedad de la conmoción poética convertida en referente universal. Ante él, el espectador tal vez se reconozca en la evocación de su propia experiencia isleña confrontada con lo que ve. O puede que, ajeno a la condición insular, sienta el asombro de quien descubre e inaugura un paisaje desconocido. Y quizás, en la interiorización de lo que uno y otro contemplan, se les revele su ser en soledad, siendo materia de olvido inmersos en una geografía inabarcable y poderosa, vuelta espejo quieto y reflejo mudo de sus propias existencias finitas y vulnerables. Porque, al final de todo y al final del todo, el mar de la tierra quedará cuando nos hayamos ido, cuando apenas perdure el hueco de nuestra ausencia en el paisaje recordando la huella etérea, la sombra inaprensible de lo que hemos sido: ese secreto estremecimiento, el pálido temblor, la inasible mirada que alguna vez fuimos sobre la tierra frente al mar siempre recomenzado, siempre recomenzando.

Sabas Martín

Texto de Federico Castro Morales para el catálogo de la Exposición "desde la orilla"

Siete islas, siete obras, siete párrafos



Andrés Delgado continúa indagando sobre el paisaje insular, conjugando los tres elementos conformadores del mismo: aire, tierra y mar. En la propuesta actual apreciamos una clara ruptura con todo lo anterior, aunque persevera en una pintura abstracta dentro del paisaje cuya raíz insular no pasa inadvertida a quien, como él, ha transitado el paisaje vital del creador. Obra nueva, diferente a la expuesta hasta ahora en la isla. Confirmación de una voluntad de interpretar el paisaje desde la distancia, desde Madrid. Insistencia en captar y capturar el aire, el agua, la tierra.

Ofrece visiones más próximas y, sin embargo, la cercanía no se traduce en una mayor concreción, sino en una desmaterialización y mayor abstracción. Los cuadros siguen sin ser lugares, pero su aroma es indiscutiblemente atlántico. En este nuevo asedio cobra protagonismo el mar y cobra fuerza el cromatismo. Esta voluntad de deslocalización responde a una actitud creativa necesaria: la renuncia a una estructura precisa para lograr expresarse a través de una ola.

Predominan los colores del Océano. El viento aflora aguas desconocidas desde la profundidad: azul ultramar. Fugacidad del agua. La línea del horizonte se extingue en favor de la franja costera. Las olas intentan difuminar la estructura litoral. Rompientes que no rompen. Intensidad cegadora de la espuma: blanco, luz… Fuerza, empuje, invasión del mar sobre la tierra. Retirada de la espuma. Reflujo y nuevo intento...

Percepción de la costa movediza y trata de instalarse en el boceto, en la impresión marina. Pintura como crónica de una lucha permanente: encuentro efímero del agua y la espuma con la lava intensa, permanente, de los acantilados. Negros puros, sin mezcla, algún brochazo rojo donde resuena la vivencia de la obsdiana y la memoria desvaída del origen eruptivo de las rocas.

La dialéctica litoral entre el agua y la tierra tiene un remanso. La geometría del encuentro se suaviza en la playa. Surge algún brochazo verde: charcos, musgos… presencia consentida del mar en la tierra. Playa, arenas claras, tobas y jables.…

Búsqueda de aplicación con mayor decisión y fuerza... Azul ultramar, verde esmeralda, sombra tostada, negro carbón, siena natural, amarillo hansa pálido… léxico del color.

Voz del paisaje.

Federico Castro Morales

miércoles, 18 de enero de 2012

Texto de Federico Castro Morales para el catálogo de la Exposición "Paisajes Transitados en el Recuerdo"


Andrés Delgado: paisajes transitados en el recuerdo
Federico Castro Morales



Al aproximarnos a la obra reciente de Andrés Delgado sentimos el poder evocador del recuerdo y, a la vez, presentimos una vivencia remota que se realimenta con visitas al lugar evocado en sus cuadros. Efectivamente, el pintor comparte con el espectador los mejores rincones de su memoria, esa presencia estremecedora de la vereda transitada en la infancia que se esconde en la memoria y es resistente a las evidencias que ofrece el reencuentro posterior con el territorio. Estamos pues, ante una muestra de paisajes lejanos en el tiempo y también en la distancia vital de una existencia trasplantada a Madrid desde hace muchos años. Estos lugares tienen un poder evocador que se asienta sobre una tensión dual que hace de cada obra una lucha por imponer al contrario. Sugerencia y convicción; sin duda, el paisaje está unido a la emoción, al recuerdo, y el pintor es quien administra presencias y evocaciones, sugerencias y certezas.
La distancia no es el olvido, más bien es un estado que conduce a la solvencia creadora. No es la primera vez que ocurre. En la pintura canaria del siglo XX encontramos diferentes artistas que experimentan un proceso análogo. Desde la proximidad emocional debemos citar especialmente a Josefina de la Torre, Juan Ismael, Pedro García Cabrera o Manuel Padorno, entre otros creadores de las islas que necesitaron expresar los misterios de un proceso vivido en una situación análoga, en la lejanía de la isla, y en la coincidencia en un mismo lugar de reflexión y trabajo, Madrid. Desde esta atalaya fértil es fácil que la expresión escrita y plástica se declaren su mutua dependencia y confluyan como antídoto del olvido, en ejercicio de comprensión topográfica y orogénica.

Andrés Delgado es un asiduo lector de textos insulares escritos desde la distancia, como partitura musical de ecos y revelaciones, o narraciones certeras. Josefina de la Torre escribía en Poemas de la isla (1930) “El paisaje es el lenguaje, un lenguaje profuso de palabras. Queramos o no queramos los isleños de esas islas, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, están intervenidos por las palabras de nuestro paisaje. Ese lenguaje nos acompañará siempre a lo largo de nuestra vida, como nuestras sombras”. Esta óptica nos sitúa ante la paradoja del artista que al expresarse con el paisaje escribe pinturas que son relatos insulares. Quizás por esto, Juan Manuel Trujillo interpretaba la naturaleza como un diccionario.

Esta sospecha sería luego corroborada por Pedro García Cabrera, autor de las visiones más intensas y esenciales que de la isla han sido elaboradas por creadores canarios en la lejanía del Archipiélago cuando han encontrado la no-conciencia alusiva de las cosas desde una preocupación sintética. Las imágenes mentales de Juan Ismael son el correlato plástico de otra certeza: la memoria es la potencia más poética de nuestro intelecto, sin ella no hay paisaje. Como el mar, “un detalle indispensable siempre, porque actúa siempre pegado al cielo y a la tierra”. Un mar que —como dice Ramón Gómez de la Serna— “no nos aísla, porque es una prolongación del paisaje”.

Andrés Delgado tiende a traer a un primer plano la emoción del paisaje, la tensión aérea, el rugido de la costa y la densidad del aire calimoso. De este modo arma una imagen que rima con el mundo interior del artista, con el momento del sentimiento, cambiante como las circunstancias ambientales y atmosféricas que mutan el territorio.

El pintor ha apreciado que la profundidad del paisaje, es un valor oscilante y, como dijera Pedro García Cabrera: “se ahonda en grises. Los nublos son reguladores de la extensión del paisaje”. El campo visual disminuye y sólo queda el primer plano. “Primer plano que nos coloca otra manera de sentir”.

Ante la presencia cegadora del recuerdo la abstracción es el recurso inevitable, la necesaria defensa del pintor que huye del paisaje cuando descubre el secreto: para alcanzar la síntesis de lo natural no se puede estar inserto en la Naturaleza.

La isla se siente en la ausencia, se intuye en el horizonte imposible de la mirada y se delinea en la nitidez del reencuentro. Pero la distancia creativa es necesaria. Inmerso en el paisaje, la clarividencia es vencida por la inmediatez. El artista debe escaparse, dejar de sentir el salitre en los labios y la luz cegadora en los ojos para alcanzar el estado de creación. Sólo entonces el cielo, el océano y la costa pueden armonizarse en una pintura. Aún así hay que salvar la escala: cualquier formato no puede atrapar la imagen. La pincelada sublime requiere superficie, lienzo suficiente para descargar las témperas y reencontrar en cada brochazo el vértigo del vacío cada vez que el pincel se descarga.

El pintor se concilia con el cotidiano, con una vida profesional, con su voluntad de darse. Las estructuras magmáticas de la isla se debaten con el océano y el viento. Sus formas ásperas y contundentes, negros, rojos y alberos, se yuxtaponen en estructuras que el artista disuelve. No busca la precisión topográfica, no desea ser fiel a la mirada, persigue la persistencia de la emoción, la sugerencia abierta que nos implica y nos convierte en cómplices.

Resuelta la incógnita del espacio y el tiempo sólo falta conjugar el uno y el otro. En el fondo del espejo son idénticos, pero como en el recuerdo, la emoción lo ilumina. Sin él no hay paisaje.

Federico Castro Morales
Historiador del Arte

sábado, 14 de mayo de 2011

El Paisaje Que Nos Habita - Sabas Martín



EL PAISAJE QUE NOS HABITA
Sabas Martín

Ya los postrománticos afirmaban que el hombre es la imaginación de su suelo que era una manera de decir que el paisaje es la vida y la identidad. Esa definición, que lo resume todo, incluye también el sentimiento, muy especialmente cuando la tierra propia es convocada desde la ausencia y la distancia. Que la geografía es uno de los rostros de la emoción es algo que, quien más quien menos, hemos podido experimentar alguna ocasión con mayor o menor secreta e íntima intensidad. 
Quiero decir que somos lo que somos y nos dejan, pero, además, también somos la presencia o la memoria del paisaje en elque creció nuestra mirada. Luego, el tiempo y sus derrotas, el amor y el dolor, esa música callada que compone la vida ocurriendo hacia la muerte, se encargan de transformarnos la mirada y, en ella, la claridad o el fuego original que alguna vez fuimos. Sin embargo, a solas, despojados ante el espejo, la imagen del cristal nos devuelve no el rostro, sino el sentimiento que lo sustenta. Entonces dejamos de ser lo que estamos acostumbrados a que nos dejen ser para convertirnos en una geografía sentimental en cuyos límites suceden los recuerdos y el paisaje que en ellos se convoca. Entonces volvemos a ser el niño cuya mirada no sucumbió al olvido. Nuevamente capaces, entonces, de ser isla entera: esa que enseñó a los ojos y al corazón los latidos
del mar, los delirios de la lava, los escarpes de las cimas, las siluetas de espuma en la arena, los misterios sigilosos que guarda el horizonte.

Entre nosotros, allá por los años 30, Pedro García Cabrera se aventuró a formular una explicación del ser insular en función del paisaje. El poeta gomero nos enseñó que no podemos reconocernos a nosotros mismos si no disponemos de una mirada integral a través de la cual sentir nuestras islas y, con las islas, recreadas por la palabra o por el arte, los sueños y las heridas del mar que las envuelve. También Pérez Minik dejó dicho que el canario siente en todos sus actos la naturaleza de su recinto geográfico, por más que permanecer en las islas fuese estar a la vez en un purgatorio y en un paraíso. Isla somos, pues. Como un destino inevitable. Aunque no vivamos en esa Isla, única y múltiple a la par, que son nuestras islas. De isla somos. Aunque otro paisaje haya venido a sustituir el paisaje originario. Para lo bueno y para lo que no lo es tanto, seguimos siendo el sueño del paisaje, la consecuencia de la geografía y su sentimiento. Somos, sí, el paisaje que nos habita la memoria.

Y el paisaje que habita la memoria de Andrés Delgado es el de Canarias. En él se fundamenta buena parte de su razón de ser como artista plástico. Nacido en Gü.mar en 1953, fue Primer Premio de Pintura 1969 en Santa Cruz de Tenerife y se le suele encuadrar en la llamada Generación de los 70, según constató su participación en la muestra antológica que con ese apelativo generacional se llevó a cabo en la Sala Conca de la ciudad de Aguere en 1980, punto de referencia para nuestrammemoria cultural reciente. Tras varias exposiciones individuales y colectivas, Andrés Delgado pasa por la Escuela de San Fernando, en Madrid, y desde 1980 se establece ya en la capital. Es, pues, uno de esos canarios que están fuera, pero que, como tantos otros, nunca se ha ido y nunca ha renunciado a su raíz. Al contrario. Su condición, más allá de residencias y fronteras, es inequívocamente isleña.

Y su presencia en algunas exposiciones, en solitario o acompañado de otros pintores, en la Casa de Colón y en la ermita de San Antonio, de Las Palmas de Gran Canaria, en la década de los 80, o en el Ateneo lagunero, en 2000, confirma ese vínculo, invisible, pero no por ello menos poderoso, del ser sin estar. Como lo confirma nuevamente su regreso a Canarias con esta muestra que ahora se presenta en la Sala de Arte Juan Cas de La Laguna. Pero sobre todo lo confirma su universo pictórico, que se nutre de la mirada insular de una manera esencial y definitiva, diríase que irremisiblemente. He tenido la oportunidad de asistir en Madrid a algunas exposiciones de Andrés Delgado y, en ellas, el impulso pictórico ha estado dominado singularmente por la voluntad de recreación isleña. En el Istituto Europeo di Design, por ejemplo, en septiembre de 2003, fue la iconografía de la Montaña Roja y la misma playa del Médano el motivo sobre el que giraba su trabajo. Las variaciones que sobre este espacio delimitado de la geografía del sur de Tenerife desarrollaba nuestro pintor, hacían que las imágenes de ese paisaje reconocible apareciesen ante los ojos con una inédita fuerza expresiva, multiplicándose en íntimas sugerencias. En otra ocasión, en febrero de 2005, en la Casa de Canarias, Andrés Delgado llevó a cabo una propuesta de depuración y esencialización de perfiles telúricos isleños: jables, cenizas, cumbres, mar y espuma que, en palabras del músico y poeta Fermín Higueras, brotaban “del mismo modo que objetos sin límites precisos en la vastedad del pensamiento”. No se trataba entonces, como tampoco se trata ahora, de actuar sobre un territorio específico, sobre una orografía concreta, sino de un proceso de interiorización de la naturaleza representada para convertirla en mito y símbolo, en otra realidad posible o imaginada, pero que encierra en sí lo definitorio del paisaje insular. La isla pintada por Andrés Delgado desde Madrid, aun cuando aparece sin referentes topográficos identificables, es la Isla por antonomasia, la que brota cierta y tangible con
los ojos cerrados. Una Isla, un paisaje, que transcurre, no ya en la superficie o la apariencia, sino que germina en la profundidad de la memoria, en el centro de la emoción y el sentimiento. Un paisaje, una Isla, que en su confluencia de líneas, planos, volúmenes y colores se revela cifra y resumen, compendio identitario, intemporal y remota a la vez que instantánea y próxima. De esa materia insular originaria, de ese designio depurador y esencializante, están hechos los cuadros que muestra Andrés Delgado. Son cuadros que, despojados de retóricas anecdóticas, limpios de coartadas narrativas, apresan la índole más cierta de nuestra geografía traspasándola a la pintura sin más aditamento que la verdad desnuda de su propia condición. Son paisajes vistos con los ojos de la ausencia y la distancia y, quizás por eso, radicalmente reveladores. Andrés Delgado no repite lo que la mirada contempla, sino que, desde la rememoración, crea una nueva mirada. No de otra cosa se alimenta el auténtico arte. Hace tiempo que la pintura dejó de ser imitación de lo real para ser ella misma una realidad autosuficiente que se cumple en sus propios postulados. Ya lo dijo Magritte cuando advirtió aquello de que la pipa representada en uno de sus lienzos no era una pipa. Pero no se piense que esa rememoración de signo estético que acomete en sus cuadros Andrés Delgado, esa su evocación plástica de las formas de la geografía insular, es una ceremonia de melancolía o de nostalgia, tendente a la reiteración sentimentaloide de una iconografía sabida. En absoluto. El sentimiento, la emoción presente en estas obras es de rango más profundo y perdurable. Surge de la íntima necesidad, de la confrontación de la memoria y el pensamiento con las imágenes que conforman la propia biografía. Es lo que decían García Cabrera y Pérez Minik: el designio ineludible de ser siendo isla. Aunque se esté fuera, aunque se esté lejos. Es lo que afirmaron los postrománticos: la vida y la identidad latiendo en el sueño del paisaje. Después, emociones y sentimientos se hacen pintura y se despliegan por las telas con acentos líricos, muchas veces, y otras con contenido o explícito dramatismo, en una suerte de multiplicación de contrastes en la búsqueda de hacer ciertos, inmediatos y tangibles los lugares que anidan en la mirada. Lugares vividos, presentidos, imaginados o mezcla de todo ello, ya sea a la vez o en parte. En cualquier caso, paisajes que son los paisajes de la Isla, y paisajes que se cumplen en el acto creador de la pintura.

En cierta ocasión, hace un par de años, escribí que la de Andrés Delgado es una pintura de honda fuerza telúrica, de trazo suelto y vigoroso, en donde confluye un tratamiento gestual del color, fuertemente empastado, que busca realzar la inflexión viva e intensa de las tonalidades. Por su parte, Carlos Pérez Reyes, Presidente de la Asociación Española de Críticos de Arte, a propósito de la presentación en Madrid, en 2005, de una carpeta con grabados de Luis Arencibia, Luis Alberto Hernández, Nicolás Calvo y el propio Andrés Delgado, con textos de Luis León Barreto y míos, publicada por AHD Editor, señalaba, como algunos de los elementos identificatorios de la fuerza de la obra del artista, la gestualidad y una sutil impronta caligráfica superpuesta a volúmenes que encierran una recreación de formas telúricas y perfiles de montañas. Lo dicho entonces se cumple igualmente en esta exposición. Pero hay más elementos pictóricos y compositivos que se dan cita en estos paisajes esencialmente isleños de Andrés Delgado. Hay una forma característica de abordar el color que en ocasiones linda con lo matérico y en otras, con una sugerente porosidad. Hay la fusión de contrarios en una gama sutil de matices que recorren lo suave y lo fuerte, lo sosegado y lo impetuoso. Hay una impronta expresionista que deriva a cortes de planos y a la irrupción abrupta de volúmenes. Hay una ondulación complementaria entre veladuras y cúmulo de manchas. Hayun deslizarse hacia las lindes de la abstracción que nunca llega a ser absoluta. Hay, en suma, un sabio dominio de la pintura-pintura que cristaliza en la composición de un vívido e inaugural universo, regido todo él, de raíz a cielo, por lo telúrico.

En formato mayor o reducido, los verdes del campo, los negros de las lavas, los marrones y arenas de montañas y playas, los azules acantilados, conviven aquí con horizontes difuminados que, por momentos, desaparecen ante la rotunda presencia de perfiles y siluetas geodésicas emergentes del espacio. Frente a este universo creado desde la mano que toca la memoria, sitúa Andrés Delgado al espectador. Un universo que sólo alcanza su plenitud cuando la mirada de quien contempla completa el trazado último y, en la intimidad de la propia experiencia, hace suyos los paisajes en donde laten los signos indelebles de la Isla. Entonces, espectador y pintor se reconocen. Entonces, el paisaje está ya habitado, mutuamente para siempre perteneciéndose.